
Ella no sabe que el día en que por fin la besé, en sus labios dejé todo lo que deseé y amé de ella, y talvez ni siquiera se dió cuenta de que mi saliva sabía a despedida y adiós, a persona que se marcha y que no volverá jamás a cruzarse en nuestras vidas.
Creció conmigo y yo crecí con ella, niña de ojos siempre transparentes, mezcla de muñequita china y nativa americana. Desde niño amé sus cabellos oscuros, su forma libre de ser, su piel morena, sus hombros desnudos provocando al beso, pero sobre todo, esa sensación de miedo y taquicardia que era intrínseca a su cercanía.
Eran sus labios lo más deseado. Y lo más duro de tener a la vez. Sobre todo desde ese día en que envuelta en un vestidito estampado me miraba a menos de un metro de mi cara, hecha una niña mujer, contándome de cómo el sol quemó su piel en la playa mientras yo me clavaba los dedos en las palmas de las manos para evitar que mis caricias destruyeran esa visión de perfección que charlaba de cosas desvanecidas en el aroma a café de la tarde. De eso años luz han pasado.
Muchas veces evité su presencia. Sobre todo desde que me descubrí creciendo y deseándola como mujer. Y sí, tuve mi oportunidad, en la soledad de una cabaña clavada en algún lugar de Cartago, algún día perdido antes de que ella y yo fuésemos hombre y mujer. Pero el momento silencioso que el buen amante sabe convertir en beso mortal solamente acertó a transformarse en dos miradas esquivándose, un vacío doloroso que dice que algo faltó, y un hasta luego por la noche que no imaginaba me pesaría durante tantísimos años.
La vida nos conoció. Ella amó, se entregó y perdió. Yo por mi parte viví, bebí, amé, fumé, dolí, y volví a amar mil veces mientras en la línea continua de mi pensamiento, ese instante silencioso de aquella cabaña seguía gritándome que la besara. Pero no se daba más que en algunos sueños y charlas de amores inconclusos matizados con cervezas y amigos.
Amigos fuimos siempre. Y aún lo somos. Nos quisimos a más no poder, extrañándonos de lejos, acompañándonos solo con palabras y saludos de cumpleaños. Y así, en nuestra complicidad conocimos todas las historias mutuas que yo en mi mente maquillaba deseando ser protagonista, héroe y amante devorador y absoluto. Pero mis pasos caminaban cada día más lejos de los suyos, y la cabaña con su frío y árboles olorosos a humedad se convertía poco a poco en algo casi de risa, algo irónico y punzante que yo quería desaparecer cada día, pero que volvía por las noches junto a su voz tras el teléfono.
Un día el amante llego a su puerta, disfrazado de amigo, de cervezas y música barata. Nunca estuvo más linda y perfecta a mis ojos, y nunca deseé tanto amarla como esa noche en que su mano se estrechaba bajo mi brazo mientras entre historias, licores y risas, el silencio de adolescencia se volvía a hacer presente.
Pasó que volví a tenerla cerca. Pero esta vez las miradas no se agacharon, los ojos no se esquivaron, y las manos no se reprimieron aruñar pieles sudorosas, aromatizadas con tabaco y luces de discoteque.
Sentía el golpe de su corazón en mi pecho, con ojos que se apagaban mientras más me acercaba, conocedores los dos de que esos silencios solo mueren con el sonido de labios amándose, y todo fue tan natural y sencillo, que llegué por un momento a pensar que era esta solamente otra de mis noches con ella en espíritu, nadando en una de esas historias alteradas en que al fin su sonrisa se moría en un beso esperado desde niños.
Y no fue solamente uno. Fueron muchos labios comiéndose, respiraciones alteradas y lenguas tocándose. Fue la perfección del deseo y amor durante la noche en que se nos dio, y no importaron para nada las caras incrédulas, ni las frases de “jamás pensé que nosotros..”. Esa fue nuestra noche, y el silencio fue roto con carne que nunca en mi vida tuvo un sabor tan dulce.
“hay cosas que hay que disfrutarlas en el momento, porque desde antes se sabe que son instantes únicos que nunca se repetirán”
“nunca en mi vida imagine esto, David. Y tengo que decir algo…nunca jamás disfruté tanto salir con alguien a como lo hice hoy. Esto debemos repetirlo…”
“algo me hace estar seguro de que no se repetirá…”
“si se repetirá…”
El último beso no supo a placer. Porque no había en el esa promesa de cariño que quiere ser amor. El silencio estaba roto, y ahora todo el ruido de los autos, la música, la gente, y el motor del taxi esperándome fuera de su casa, lo contaminaban y echaban a perder.
Abrió el portón, me dí la vuelta, y respiré aliviado y feliz. Algo me dijo el taxista que no logro recordar acerca del amor, porque de seguro se me desangraba por la cara y lo notó. Pero ya en mí solo había ruido y un vacío que comenzó cuando se escapó de mi último abrazo. Y nada más.
Mantuvimos por siempre el ruido que nos alejaba. El hueco en el pecho ya estaba lleno, y talvez la certidumbre de que nuestra historia sería demasiado intensa, nos hizo renunciar a ella, para dejarla como el recuerdo de una noche en que se hizo el silencio más hermoso que jamás he podido escuchar.
Años más pasaron, y como profecía, el silencio nunca volvió. Pero ella aún está conmigo, aunque en un tipo de amor distinto, y doy gracias a la vida por eso, que si bien no se pierde en mi pecho cada noche, tampoco deja de dibujarme enormes sonrisas cada vez que como cuando fuimos adolescentes, nos contamos nuestras historias.
Pero en nuestras historias, yo jamás volví a ser el héroe.